Las que dan de comer a los niños

¿Qué almorzaste en la escuela?

¿Pollo y garbanzos encima de arroz blanco en una escuela de la ciudad abarrotada? ¿Orbes de melón en forma de cuchara que habían estado pensativamente acurrucados en el congelador, tanto mejor para refrescar tu garganta caliente y seca después del recreo en un día reseco de finales de verano en las colinas cerca de Arenal? ¿Gallitos de carne o queso o cualquier tipo de guisos, dispuestos en una amplia bandeja de plástico? ¿Frijoles y arroz, rice-an-beans, gallo pinto de infinitas maneras?

¿Había algo aún mejor esperándote en casa esa noche? Los que decimos que sí, somos los afortunados. No debería ser así, pero nuestras escuelas a menudo alimentan la única comida del día. En el lugar entre sobrevivir y el hambre… ahí es donde se encuentran las cocineras de nuestras escuelas.

Lamentamos la pérdida de las clases con el COVID-19, pero peor aún fue el silenciamiento de los tenedores, de los cuchillos sobre los bloques de picar, el estoico vacío de todas esas cocinas a gas. ¿Las señoras del comedor se quedaban despiertas por la noche, pensando en los niños—que conocen por su nombre, o simplemente rostros en fila— cuyos ojos siempre se ensanchaban un poco más al ver el almuerzo, que se lo tragaban vorazmente? Seguro hubo docenas, tal vez cientos, tal vez miles que lo hicieron. Que se preguntaron. Que temían.

Visto una vez, y nunca olvidado, en una escuela rural de Alajuela: los niños pequeños con uniformes pulcros almorzaban tipo 10 am, porque se habían levantado al amanecer. Devolvían sus platos blancos, perfectamente vacíos, al mostrador, tenedores y cuchillos bien colocados a un lado. “Muchas gracias”, le dijeron cada uno a la señora detrás del mostrador, mirándola de verdad, agradeciéndole de verdad. “Bueeeeeeno”, respondió ella. “Muchas gracias”. “Bueeeeeeno”. Una palabra extendida para cubrir consuelo, reconocimiento, afecto, tal como ella había estirado un pollo para llenar docenas de estómagos.

Sonreía con los brazos cruzados sobre un vientre robusto, asintiendo y sonriendo a aquellos niños, a cada uno de ellos, que agradecían su trabajo de cocinera. Que asistían y decían su nombre. Ofreciendo la gratitud que el resto de nosotros, mayores pero no más sabios, a veces olvidamos otorgar.

Texto de Katherine Stanley Obando, inspirado en las historias de educadores que alimentan a familias en la pandemia capturadas en la tercera parte de nuestra serie de marzo: en particular, las mujeres que cocinan y sirven comida a los niños en el Jardín de Niños y Niñas República Popular de China, fotografiadas esta semana por Mónica Quesada. Nuestra serie semanal Media Naranja captura historias de amor y afecto con un toque costarricense.

“Señoras del comedor” en el Jardín de Niños República Soberana de China, Alajuelita, San José. Monica Quesada Cordero / El Colectivo 506

 

Katherine Stanley Obando
Katherine (Co-Fundadora y Editora) es periodista, editora y autora con 16 años de vivir en Costa Rica. Es también la co-fundadora de JumpStart Costa Rica y Costa Rica Corps, y autora de "Love in Translation." Katherine (Co-Founder and Editor) is a journalist, editor and author living in Costa Rica for the past 16 years. She is also the co-founder of JumpStart Costa Rica and Costa Rica Corps, and author of "Love in Translation."