El patrimonio arqueológico de la Región Huetar Norte no es un vestigio del pasado: es una oportunidad para repensar el desarrollo desde la identidad, la educación y la corresponsabilidad.
El periodista Gerardo Quesada Alvarado reporta la historia en este artículo, creado con una beca del proyecto “Periodismo en tiempos de polarización” del Fondo para el Periodismo de Soluciones en Latinoamérica. El Fondo es una iniciativa de El Colectivo 506 en alianza con la Fundación SOMOS, y gracias al apoyo del Fondo Canadá para Iniciativas Locales. El Fondo Canadá para Iniciativas Locales—administrado por la Embajada de Canadá—financia proyectos de pequeña escala y de alto impacto dirigidos al empoderamiento de las comunidades y poblaciones vulnerables, y la promoción de los derechos humanos para todas las personas”. El artículo fue publicado por El Norte Hoy el 22 de diciembre del 2025. Fue adaptado aquí por El Colectivo 506 para su co-publicación. Algunas imágenes utilizadas en este reportaje fueron creadas con inteligencia artificial.

La Zona Norte no es solo volcanes, ríos, humedales y ganadería: bajo las fincas agrícolas y los caminos rurales existen antiguos asentamientos indígenas cuya historia permanece invisibilizada, fragmentada y en riesgo. No por falta de valor, sino por la ausencia de políticas públicas claras, desconocimiento comunitario y tensiones entre conservación, propiedad privada y desarrollo productivo.

En lugares como Venecia de San Carlos, Sitio Arqueológico Cutris, Cerros de La Fortuna, y Alma Ata en Sarapiquí se localizan sitios arqueológicos que evidencian la existencia de sociedades complejas mucho antes de la conformación de las comunidades como las conocemos hoy.
Kendra Vanessa Gamboa, antropóloga e investigadora nacional, identifica a Cutris como parte del territorio de los indios Botos (900 a 1550 d.C.) articulado mediante una red de caminos que conectaba con Montealegre al noroeste, Veracruz al noreste, Crucero al sureste y Concepción al suroeste.
Y el antropólogo e investigador del Museo Nacional Juan Vicente Guerrero señala que Cutris es un monumento clave para dilucidar una serie de incógnitas sobre la vida e historia de los grupos prehispánicos de la zona Norte; cosa que sólo se puede lograr conservando e investigando este y otros sitios de los alrededores.

Esta infraestructura demuestra conocimientos avanzados de ingeniería civil. Algunos de estos caminos incluso se orientaban hacia fenómenos geológicos como los volcanes extintos de Platanar, Porvenir y Viejo, que funcionaban como hitos regionales. ¿Pero qué pasa con ellos?

Sitios en abandono
El profesor sancarleño Jesús Montero advierte el abandono total del sitio arqueológico Cutris: señala el escaso conocimiento que existe sobre él, incluso entre los pobladores del distrito. Montero destacó que la Escuela de Las Huacas se edificó directamente sobre el sitio arqueológico, mientras que otra parte del mismo permanece en manos privadas y es atravesado por el camino que comunica Venecia con Pital de San Carlos.
Esta situación no es excepcional. En la Zona Norte, muchos vestigios arqueológicos se localizan en fincas agrícolas activas, lejos de vigilancia estatal. El avance de monocultivos, la apertura de caminos y el huaquerismo operan en un contexto donde la población local muchas veces desconoce el valor del patrimonio que habita—activos que permiten observar montículos y comprender cómo pudo haber sido la vida cotidiana en una villa indígena, con su plaza, sus estructuras comunales y sus espacios ceremoniales.
Algo similar ocurre en Cerro Fortuna, en Fortuna de San Carlos, o “Vista al Cerro”, como lo bautizaron los arqueólogos. Allí, entre el bosque y la bruma que baja desde las laderas del Arenal, se encontraron entierros, pisos empedrados y vasijas ceremoniales que pertenecen a la fase Arenal, entre el 500 a.C. y el 500 d.C.

Se trata de un espacio funerario, un lugar de despedidas y ritos, donde los antiguos pobladores honraban a sus muertos con una delicadeza que hoy apenas intuimos.
Un caso que sí funciona
En contraste, Alma Ata, en Sarapiquí, demuestra que otras trayectorias son posibles. Descubierto en 1999 dentro de una plantación de naranja, este antiguo cementerio precolombino se convirtió con los años en un parque arqueológico integrado en un proyecto turístico local.

Aunque todavía falta investigación y mayor protección, el sitio demuestra que sí es posible balancear conservación, turismo y desarrollo comunitario.
En la Zona Norte, muchos vestigios arqueológicos se localizan en fincas agrícolas activas, lejos de vigilancia estatal.
El avance de monocultivos, la apertura de caminos y el huaquerismo operan en un contexto donde la población local muchas veces desconoce el valor del patrimonio que habita, activos que permiten observar montículos y comprender cómo pudo haber sido la vida cotidiana en una villa indígena, con su plaza, sus estructuras comunales y sus espacios ceremoniales.

El desafío de la conservación
Aunque existen prácticas turísticas informales en sitios con vestigios arqueológicos, La Ley N.° 6703 del Patrimonio Nacional prioriza la protección del patrimonio arqueológico sobre cualquier uso turístico o comercial, y le asigna al Museo Nacional un rol técnico y de custodia, no de operador turístico.
El principal desafío radica en que la misión del museo no está orientada directamente al turismo y carece de la estructura y el marco legal preciso para desarrollar productos arqueoturísticos.
Adicionalmente, la ley considera el patrimonio arqueológico como bienes demaniales, inalienables y propiedad del Estado, lo que limita la posibilidad de establecer concesiones a agentes privados para su desarrollo. La inversión requerida en seguridad y mantenimiento para habilitar públicamente estos sitios representa otro obstáculo significativo.

Los vecinos, por su parte, tienen un papel vital. Cuando una comunidad adopta su patrimonio, lo protege.
Soluciones constructivas
Desde el ámbito local, comienzan a surgir iniciativas. Flor Blanco, regidora municipal de San Carlos, impulsó junto a otros regidores una moción para promover la identificación, resguardo y divulgación del patrimonio arqueológico del cantón, así como la creación de un espacio físico para su estudio y exhibición.
Flor considera que es esta una de las formas de reactivar la economía del cantón a través del turismo rural y turismo rural comunitario. “Se debe concientizar sobre la recuperación y cuido del legado patrimonial para que sirva de base histórica”, señala.
En el ámbito educativo, Luis Carlos Jiménez, director de la escuela unidocente de Las Huacas, relata que estudiantes y docentes encuentran fragmentos arqueológicos durante labores cotidianas.
Para él, la educación y la apropiación comunitaria son claves para la protección a largo plazo.
Desde el sector turístico, Edwin Aguilar Morera, presidente de la Cámara de Empresarios Turísticos de Río Cuarto, considera que el arqueoturismo podría diversificar la economía regional, siempre que se desarrolle de forma regulada y gradual.
Edwin detalla que en Río Cuarto se han realizado varias excavaciones en distintos puntos, sin embargo, no existe un sector designado como «sitio arqueológico» qué tenga potencial de explotación. No de momento, pero destaca la cercanía de este cantón con sitios arqueológicos como Cutris y Alma Ata.
“Cabe mencionar, que el gobierno local se encuentra en una etapa de formación de un geoparque juntamente con otros municipios. La idea es fomentar este tipo de iniciativas no solamente a nivel de visitación sino de estudio internacional”, explica Edwin.
Hacia una solución creativa
Especialistas proponen alternativas que no requieren abrir formalmente todos los sitios al público, sino de diseñar modelos de bajo impacto. La promoción de espacios de divulgación desde lugares existentes como parques, zonas verdes y áreas recreativas podría tornarse esencial para recordar constantemente la existencia de la riqueza arqueológica en las comunidades.
La experiencia de Guayabo de Turrialba demuestra que cuando una comunidad adopta su patrimonio, este se protege. Replicar ese modelo en la Zona Norte requeriría capacitación, incentivos a propietarios agrícolas y una presencia institucional constante.

Otras opciones incluyen quioscos informativos, exposiciones emergentes y temporales, y giras guiadas e interpretativas in situ que cumplan objetivos de visibilización, información, educación y promoción de la identificación y apropiación del patrimonio arqueológico por parte de las comunidades.
También existen otros ejemplos incipientes de colaboración. El Museo Nacional trabaja con la Universidad EARTH en el sitio Las Mercedes y planea un proyecto con el ICT en Playa Panamá para crear senderos de interpretación patrimonial. Estos son pasos positivos, pero aún aislados.
El patrimonio arqueológico de la Región Huetar Norte no es un vestigio del pasado: es una oportunidad para repensar el desarrollo desde la identidad, la educación y la corresponsabilidad.
Las ciudades invisibles siguen ahí, bajo la tierra. La pregunta ya no es si existen, sino si habrá liderazgo, coordinación y voluntad para integrarlas al presente sin destruirlas en el intento.




