En semanas recientes participé en un taller impartido por el equipo de El Colectivo 506, una experiencia formativa orientada a la construcción de un periodismo con propósito, una visión que invita a repensar el oficio más allá de la urgencia diaria de la noticia y del ciclo incesante de la agenda informativa.
Tengo casi 30 años de estar vinculado a este oficio y hay principios que considero innegociables como la ética, la veracidad, la imparcialidad y la responsabilidad social. Son pilares que, todo aquel que se dedique a la comunicación, debe asumir como normas profesionales y especialmente como convicciones personales. En tiempos de sobreinformación, desinformación y polarización, estos valores no solo siguen vigentes, sino que se vuelven aún más necesarios.
Con base en estos principios he construido mi trayectoria, convencido durante mucho tiempo de que la principal obligación del periodista es informar, presentar los hechos tal como son, crudos y sin anestesia, dejando que el lector saque sus propias conclusiones. Esa convicción no cambió. Sin embargo, el taller me permitió comprender que existe algo más allá de la mera transmisión de datos. Informar es indispensable, pero en ocasiones podría ser insuficiente.
Lo vivido durante esa semana fue una invitación a la introspección profesional, a cuestionar rutinas y a observar el impacto real que tiene el trabajo periodístico en las comunidades.
Recuerdo que al inicio de mi formación periodística, mi padre —y también uno de mis mentores— solía decirme, “si en un simple paseo matutino no encuentra al menos una noticia, no es digno de ser periodista”. Tenía razón. Siempre hay una historia, incluso dentro de la propia noticia. Esa enseñanza sigue siendo válida. Entiendo que el periodismo no termina en el hallazgo del hecho, sino que comienza ahí.

El mayor aprendizaje fue comprender que existe una dimensión humana que muchas veces queda relegada. Informar implica narrar lo que sucede y entender a quién afecta, por qué importa y cómo puede contribuir a mejorar una realidad. El propósito está en el impacto de la noticia, pero también en quiénes la cuentan y en cómo la cuentan.
Esto resulta especialmente evidente en territorios como Guanacaste y Puntarenas, ricos en cultura, identidad y recursos naturales, y con profundas desigualdades y tensiones sociales. En estas comunidades conviven temas altamente polarizantes como el acceso y la gestión del agua, el desarrollo turístico frente a la conservación ambiental, la precariedad laboral, la migración, la inseguridad y la falta de oportunidades para las poblaciones jóvenes. Son realidades complejas que difícilmente se explican con titulares rápidos o con enfoques simplistas.
Durante el taller confirmé que hay personas profundamente comprometidas con el oficio, comunicadores que, sin reflectores ni protagonismos, se levantan cada día para contar lo que ocurre en los cantones costeros, en las zonas rurales y en los barrios históricamente invisibilizados. Ese periodismo local, muchas veces hecho con recursos limitados, es clave para entender el país más allá del Valle Central.
Comprendí, además, que como periodistas y comunicadores tenemos la responsabilidad de ofrecer contenidos que además de informar también edifiquen. No se trata de maquillar la realidad ni de caer en un optimismo ingenuo, sino de buscar enfoques que aporten contexto, que visibilicen soluciones posibles y que rescaten experiencias comunitarias que, aun en medio de la adversidad, generan cambios reales.
En regiones como Guanacaste y Puntarenas, un periodismo con propósito significa escuchar a las comunidades, comprender sus tiempos y respetar sus voces. Implica también evitar la tentación de cubrir estos territorios únicamente desde la coyuntura del conflicto o la tragedia y atreverse a narrar procesos, resistencias y propuestas que muchas veces quedan fuera del radar mediático nacional.
Permanecer en un periodismo plano, limitado a la descripción de los hechos, es correcto y necesario, pero resulta insuficiente en tiempos donde la audiencia demanda comprensión, análisis y orientación. El reto está en incorporar el elemento analítico, humano y propositivo sin sacrificar el rigor informativo.
Más allá del periodismo tradicional, existe un periodismo que conecta, que contextualiza, que cuestiona y que acompaña. Un periodismo que no evade los temas incómodos ni las tensiones sociales, pero que tampoco renuncia a la posibilidad de aportar luz en medio del ruido. Ese es el periodismo con propósito, uno que informa, sí, pero que también deja huella, especialmente en las comunidades que más necesitan ser escuchadas.





