
Soy oriunda de Pérez Zeledón, una zona rural del sur de Costa Rica. Hace algunos años me trasladé a Limón para estudiar Comunicación Social en la Universidad de Costa Rica, Sede del Caribe, un cambio que implicó cambiar de territorio y enfrentarme a una realidad distinta a la que conocía. Llegué con un sueño profesional, pero con el tiempo entendí que ese camino también traía consigo preguntas y aprendizajes que iban más allá de lo académico.
Mientras vivía en Pérez Zeledón pensaba que Limón era un lugar peligroso y violento. Esa imagen no nació de la experiencia directa, sino de los relatos que se repiten en los medios de comunicación. Sin embargo, vivir y formarme en Limón, así como colaborar como asistente en proyectos de acción social, me permitió cuestionar esa narrativa. Durante la mayor parte del año las noticias de la provincia se enfocan en el miedo, en la violencia, y solo en agosto (mes histórico de la afrodescendencia en Costa Rica) se abre espacio para hablar de su cultura, su música y su gastronomía. Pero, ¿qué pasa el resto del tiempo con las personas que viven aquí?
Estas miradas parciales simplifican una realidad compleja y ocultan las causas profundas de los problemas que enfrenta la provincia. Hablar de violencia sin hablar de violencia estructural es una forma de simplificar la realidad. Según Diario Extra (3 de noviembre de 2025), la provincia de Limón registra 45 órdenes sanitarias rojas en centros educativos por problemas de infraestructura y un total de 198 órdenes sanitarias, siendo la tercera provincia con más disposiciones a nivel nacional. En este contexto, las oportunidades para niños, niñas, adolescentes y jóvenes se ven seriamente limitadas. Cuando el acceso a una educación digna es casi inexistente, cuando el interés institucional es escaso y la pobreza atraviesa la vida cotidiana, muchas personas buscan formas de sobrevivir en un entorno que ofrece pocas alternativas.
A esto se suma un racismo estructural histórico que se expresa en discriminación, en prejuicios arraigados y en políticas públicas que han relegado a Limón. Aunque por la provincia transitan la mayoría de las exportaciones e importaciones de Costa Rica, esa riqueza no se traduce en inversión pública suficiente, infraestructura adecuada ni mejores condiciones de vida para sus habitantes. Limón, con una alta población afrodescendiente, cabécar y bribri, sostiene una parte fundamental de la economía nacional, pero recibe un trato desigual persistente que contribuye a que las brechas sociales se mantengan y a que la exclusión siga marcando la vida de muchas comunidades.

Desde la universidad, el trabajo cercano con las comunidades ha sido una oportunidad para aprender a no intervenir desde la prisa ni desde la imposición, sino desde la escucha, la comprensión del contexto y el reconocimiento de que cada comunidad es distinta. Paralelo a ese proceso, fuera del espacio universitario, la participación en los talleres de El Colectivo 506 abrió un lugar distinto de aprendizaje. A través de enfoques centrados en narrativas constructivas y transformadoras, estos talleres ofrecieron herramientas para repensar el rol del periodismo y la comunicación en contextos atravesados por la desigualdad. Más que respuestas cerradas, estos espacios dejaron preguntas necesarias: cómo contar historias sin reforzar estigmas, cómo visibilizar y promover la participación ciudadana y cómo asumir una ética narrativa que contribuya a la cohesión social.
Estos aprendizajes implican detenerse antes de escribir, contextualizar los hechos y preguntarse a quién beneficia la historia que se cuenta. Contar desde el territorio sin romantizar la realidad, sino más bien reconociendo su complejidad, sus causas y también los esfuerzos colectivos que sostienen la vida comunitaria.
El periodismo y la comunicación tienen una responsabilidad que va más allá del titular inmediato. Incomodarse, escuchar y profundizar es una necesidad. Solo así es posible construir narrativas más justas, que no hablen sobre las comunidades, sino con ellas.





