Con la pesca se ganaba la vida. No solo la suya: generaciones de pescadores, padres y abuelos, habían sondeado las aguas de Quepos, abriéndose camino hacia el sur hasta llegar a Bahía Ballena. Creció con la esperanza de que estas aguas del Pacífico también sostendrían a sus descendientes.

Luego se creó un parque nacional, no solo en tierra sino también en el mar. Las aguas que habían sido su oficina, el piso de su fábrica, su cuenta bancaria, desaparecieron para siempre de su alcance.

¿O no?

Sacó turistas en su lancha. Solo unos pocos, al principio. Mochileros que desafiaron los caminos de lastre hasta lo que parecía el fin de la tierra, un paraíso en forma de cola de ballena.

Cada año vinieron más. También la experiencia y la pericia. También una certificación nacional. La pesca había sido su manera de ganarse la vida: ahora dependía de las ballenas, el deleite de los turistas. Y las ballenas dependían de él. Cada viaje se convirtió en una oportunidad para servir y educar. ¿Cómo podemos evitar que la basura o el combustible contaminan el agua? ¿Cómo podemos evitar causarles estrés a las ballenas? ¿Cómo podemos hacer felices a nuestros turistas, motivarlos a unirse a nosotros para hacer un cambio?

Hubiera sido tan fácil rendirse en ese entonces. Ver esas aguas cerradas con resentimiento. En cambio, vio lo que podrían ser: un salón de clases, y el pescador es el profesor.

Texto de Katherine Stanley Obando, inspirado en la historia de don Maximino “Chumi” Vásquez Umaña, dueño de Ballena Aventura. Nuestra columna semanal “Media Naranja” cuenta breves historias de amor con un toque costarricense. Durante nuestra edición de agosto, “Simbiosis”, se ha centrado en el amor de muchos tipos relacionados con los parques nacionales de Costa Rica y otras áreas protegidas.

Cortesía Ballena Aventura / El Colectivo 506

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