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sábado, septiembre 25, 2021

La experiencia de la vacunación masiva contra el COVID-19 en Costa Rica

Mónica Quesada Corderohttp://www.mqcphoto.com
Mónica (Co-Fundadora, Editora Gráfica) es una galardonada fotoperiodista con 15 años de experiencia en el desarrollo de proyectos fotográficos en el área editorial, retrato, vida silvestre, comida y arquitectura. Además, cuenta con experiencia en escritura y redacción y una maestría en Producción Audiovisual y Multimedia. Mónica (Co-Founder, Graphic Editor) is an award-winning photojournalist with 15 years of experience developing photographic projects in the editorial, portrait, wildlife, food and architecture areas. In addition, she has experience in writing and a master's degree in Audiovisual and Multimedia Production.

“¿Cuantos lleva?”

Le pregunté a este hombre vestido con shorts y gorra, como si estuviera paseando por la playa, que estaba contando a la gente en la fila. Llegué al Hospital Calderón Guardia en el centro de San José una hora antes, con la esperanza de obtener una de las 1,000 vacunas contra el COVID-19 de la marca Pfizer que el hospital administraría ese día a cualquier persona mayor de 40 años que quisiera vacunarse.

“460”, respondió, señalando a la señora que tenía adelante. Johana y yo nos conocimos al amanecer cuando ambas llegamos al final de la fila, ambas muy inseguras de nuestras posibilidades de lograr una dosis. Ella trabaja en un hospital privado y fue vacunada hace mucho tiempo, pero su esposo aún no está vacunado, por lo que ella y su hijo de 16 años se levantaron temprano esta mañana y vinieron a hacer la fila por él.

Era el sábado 17 de julio de 2021.

El martes 13 de julio, Costa Rica recibió medio millón de dosis de Pfizer como donación de Estados Unidos. Para una población de 5 millones y un gobierno que ha estado administrando su lento goteo de vacunas lo más rápido posible, con la esperanza de alcanzar la inmunidad de rebaño, esta gran cantidad de vacunas marca una enorme diferencia.

Pero, el mayor impacto es para personas como yo, mayores de 40 años y menores de 57 y sin factores de riesgo. Hasta el martes pasado, cuando llegó la donación, me parecía casi imposible ponerme una vacuna en 2021 aquí en Costa Rica.

Según la Caja Costarricense de Seguro Social (CCSS), al 13 de julio Costa Rica había administrado un poco más de 2,6 millones de dosis; 822,842 personas han recibió dos dosis. Esto significa que el 16,3% de la población está completamente inmunizada y otro 19% de la población ha recibido al menos una dosis. Esas estadísticas corresponden a lo que el gobierno costarricense denominó Grupos 1 a 4, que incluyen personas de la tercera edad, personal médico, personas de todas las edades con factores de riesgo y trabajadores públicos en estrecho contacto con otros (como recolectores de basura). Las vacunas son distribuidas por los centro de salud de cada comunidad, y los trabajadores de la salud poco a poco avanzan en sus listas, pero la nueva donación de EE.UU. ha permitido que el gobierno descargue las vacunas rápidamente a través de las primeras campañas de vacunación masiva del país.

Las 500.000 dosis que se están administrando en las campañas que se desarrollarán hasta el 26 de julio sumarán otro 10% a esas estadísticas e incluirán a personas mayores de 40 años sin riesgos para la salud, parte del Grupo 5. Esto ayudará a Costa Rica a llegar al 45% de la población con al menos una dosis de inmunización contra COVID-19.

Cuando llegué al final de la fila, le envié esta imagen a mi familia para mostrarles lo larga que era. Mónica Quesada Cordero / El Colectivo 506

El sábado fue mi segundo intento de participar en la campaña de vacunación masiva que se está llevando a cabo en varias instituciones públicas de la ciudad y el país. El día anterior, día de la inauguración, llegué al Instituto Nacional de Aprendizaje (INA) a las 7:25 am, cinco minutos antes de la apertura; y la línea ya era de 1 km. Decidí dar la vuelta e intentarlo al día siguiente en un lugar más cercano a mi casa. Ese viernes, cientos de personas recibieron su primera dosis de la vacuna Pfizer en el INA.

El sábado salí de casa a las 4:55 am, cinco minutos antes de que terminara la restricción vehicular nocturna instaurada debido a la pandemia. Llegué al inicio de la fila a las 5:05.

Ingenuamente, me bajé del carro allí y empecé a caminar a lo largo de la línea, pensando que no podía ser muy larga tan temprano.Terminé caminando unos 300 m, mirando a la gente durmiendo en cómodas sillas de camping, leyendo libros, desayunando o conversando animadamente. Si bien estaba consternada por el tiempo que tendría que esperar, esto también se sintió como tiempos pre COVID, de alguna manera: cuando todos nos reuníamos por un objetivo en particular y hacíamos comunidad durante esas, a veces, largas esperas.

Durante la primera hora en la fila, llegué a conocer a mi nueva comunidad.

Beatriz (izquierda) y la fila que nos seguía. Mónica Quesada Cordero / El Colectivo 506

Beatriz tiene 60 años y llegó unos segundos detrás de mí para hacerle fila a su yerno. Ella ya está vacunada desde hace tiempo. Recuerda el 8 de marzo del 2020 muy claramente: regresaba de un salón de baile y sus sobrinas le hablaron alarmadas sobre la propagación del COVID. Desde su vacunación, ha vuelto a sus tardes en la pista de baile, pero asegura que tiene mucho cuidado.“A veces soy la única con mascarilla en la pista,” dijo.

Su yerno, Fran, llegó a las 7 am. Inmediatamente es sometido a un ligero choteo por parte de esta nueva comunidad que ya tiene dos horas completas de conocerse (algo así como “¡qué bárbaro mandar a la suegra!”). “Ella hace eso por todo el mundo”, dijo él, y luego procedió a agradecer profusamente. Fran era incluso más hablantín que Beatriz. Dijo que estaba muy feliz de recibir la vacuna, no solo porque estará más seguro, sino también porque “podemos contagiar a otra persona”.

A las 7:15 am, la línea finalmente se mueve. Johana, mi vecina de enfrente, había hecho una visita al inicio de la línea y regresó con información: ya había 40 personas adentro. También vio a los funcionarios de la CCSS dar fichas numeradas a los que estaban en la fila, asegurándose así que los que estaban en la fila aseguraron su puesto y nadie se fuera a “colar”. Cuando finalmente tenía la ficha en la mano, me sentí aún más aliviado y feliz. Estaba programado para recibir la dosis 437 del día.

Una funcionaria de la Caja Costarricense de Seguro Social reparte las fichas a las personas haciendo fila. Mónica Quesada Cordero / El Colectivo 506

Casi una hora después, Fran decidió predicar durante unos 10 minutos. Comenzó diciéndome que fue criado por su abuela en el sur del país, donde fue introducido por primera vez a las creencias evangélicas; a la edad de 7 años, se mudó con su madre y se volvió católico; a los 10 años, su padre lo llevó al Valle Central y le presentó a los Testigos de Jehová. Después de todo eso, y de otro tiempo como católico, se unió a una iglesia cristiana. Él cree firmemente en Dios, pero también ha llegado otras conclusiones. “Todo lo que quieren [las entidades religiosas] es ganar dinero”, dijo. “No quieren salvarnos.” Le dije que en este punto, al menos, podemos estar de acuerdo.

Mi ficha de vacunación. Mónica Quesada Cordero / El Colectivo 506

A estas alturas, nuestra pequeña comunidad se había vuelto muy unida y alegre. La fila avanzaba y con cada paso nos sentíamos más contentas. Detrás de Fran y Beatriz, una pareja se había convertido en el alma de la fiesta. A él lo llamaron para darle una cita para vacunarse en su clínica asignada, pero su esposa aún no había escuchado nada, así que decidieron venir y vacunarse juntos. Parecían novios de colegio,abrazos y besos, y compartieron un desayuno muy agradable que traían en su bulto. El hombre pronto comenzó a entretenernos a todos, bromeando y cantando según la inspiración del momento.

A las 9 de la mañana, un hombre muy enojado apareció en su fino pickup y se estacionó justo frente a nosotros. ¿Por qué estaba enojado? Por que había llegado demasiado tarde para conseguir una ficha. Durante 15 minutos y sin mascarilla, procedió a hablar sobre el gobierno y lo que considera un fracaso en el manejo de la pandemia y el programa de inmunización. “La gente no debería hacer fila”, dijo. “En otros países, le mandan a uno la vacuna a la casa y uno mismo se la pone”.

Si bien su afirmación es falsa, es un hecho que los trabajadores de salud pública en algunos lugares de Costa Rica han logrado un servicio puerta a puerta. En el Valle Central y algunas de las ciudades más grandes en otras partes del país, 15 centros de vacunación masiva aplicarán las dosis diarias asignadas a las personas que se presenten a tiempo cada día. Pero en algunas ciudades más pequeñas, los equipos de salud pública están invitando a las personas a quedarse en casa y esperar a que su personal llegue a su puerta para administrar la vacuna. Algunos otros puntos del país hasta han creado AutoVac, donde las personas ni siquieran deben bajarse del carro para recibir su dosis. Los equipos locales, o EBAIS, continuarán con su labor permanente de hacer citas para las personas que tienen en sus listas, hasta que se agoten las dosis.

Yo, y todos los que me rodeaban en esa fila, podríamos haber esperado la cita, pero estábamos demasiado ansiosos por ponernos la vacuna.

La fila de personas esperando ser vacunadas contra el COVID-19. Mónica Quesada Cordero / El Colectivo 506

Tal es el caso de Johana, quien tuvo dificultades para encontrar un taxi esta mañana para poder venir y hacer fila para su esposo, Pablo, un empleado municipal de 49 años. “Es tan indeciso”, dijo Johana sobre Pablo. “Ayer me dijo que esperaría la cita”.

Sin embargo, Pablo, quien se unió a ella poco después del amanecer, dice que una persona conocida en el Área de Salud Montes de Oca, donde tendría que vacunarse, le dijo que probablemente no conseguiría su cita hasta septiembre u octubre. Entonces dejó que su esposa lo llevara al Calderón esa mañana.

“Estas son las horas más provechosas” Johana dijo cuando ya habíamos hecho fila durante unas cinco horas. “Probablemente estaría durmiendo a esta hora”, agregó Pablo, dando a entender que dormir habría sido una pérdida de tiempo.

El hombre que pasó contando en la mañana pasó de nuevo frente a nosotras alrededor de las 10 de la mañana. Era un personaje muy difícil de pasar por alto. Johana y yo decidimos detenerlo y le preguntamos cuál era su número: 563. También nos informó que en la puerta del centro de vacunación, iban a dejar entrar el número 323. Llevaba cajas de comida y jugo; nos dijo que cuando llegó a la fila, alrededor de las 5:30 am, decidió contar a la gente para asegurarse de que iba a recibir uno de esas 1000 vacunas. “Sino me largaba”, dijo de forma muy teatral.

La fila siguió avanzando. Los últimos metros se sintieron como una carrera. Cada vez mas rápido nos acercamos a la puerta.

Beatriz (izq) y Johana (der) conversan en los últimos metros antes de ingresar al centro de vacunación. Mónica Quesada Cordero / El Colectivo 506

A las 11 de la mañana en punto salía de la antigua Consulta Externa del Hospital Calderón Guardia con una vacuna en el brazo y una cita oficial para la segunda dosis, el 9 de octubre, sin hora específica. Todas las 1.000 personas tendríamos que volver ese día.

“Si me necesita me puede buscar en el Muni”, dijo Pablo, caminando a mi lado mientras salíamos del edificio.

Su comentario me hizo darme cuenta de que ese día había recibido mucho más de lo que había venido a buscar. Me fui con la reconfortante sensación de que tal vez podamos volver a la vieja normalidad, donde se puede habla con extraños y hacer conexiones en las situaciones más extrañas, donde una siente que se pueden crear comunidades sin poner en peligro la salud.

Mientras me alejaba, miré hacia atrás y vi a Beatriz diciendo adiós alegremente. Estaba esperando a que saliera Fran. Yo espero que él la haya llevado a comer el desayuno que le prometió.

Pablo justo antes de ingresar a ser vacunado. Mónica Quesada Cordero / El Colectivo 506

Un selfie justo después de ser vacunada. Mónica Quesada Cordero / El Colectivo 506

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