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jueves, enero 27, 2022
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La frontera no deja de transformarse: migración, café y COVID en Costa Rica

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De cierto modo, toda nuestra edición de diciembre fue una excusa para ir a buscar a Máximo.

Había muchas preguntas sin responder que también nos intrigaron, por supuesto. Nuestra serie de seis partes sobre el impacto de la pandemia COVID-19 en la cosecha de café de Costa Rica, que depende en gran medida de los recolectores de café migrantes de Panamá y Nicaragua, nos dejó ansiosas por saber qué pasaría a continuación con las historias que dejamos atrás a regañadientes cuando enero llegó a su fin.

¿Mantuvieron Costa Rica, sus instituciones y sus vecinos, los niveles de cooperación sumamente inusuales que habían permitido a los trabajadores migrantes cruzar fronteras cerradas? ¿Las mejoras, a menudo apresuradas, en las viviendas de los trabajadores para cumplir con los requisitos de salud, tuvieron un impacto positivo a largo plazo en sus condiciones generales? ¿Qué pasó con los caficultores y los líderes cooperativos que conocimos en Coto Brus y Los Santos?

Pero nuestra primera tarea fue ponernos al día con Máximo Palacios, su esposa Elida Morales, y sus hijas Ílda, Ofelia, Yorlinda y Liliana. Son una familia Ngöbe de la Comarca, el gran territorio en el norte de Panamá a cuyos residentes indígenas se les permite cruzar a Costa Rica sin pasaporte porque la frontera dividió sus tierras ancestrales en dos. Mónica los conoció en el primer viaje de reportaje de El Colectivo 506, cuando pasó unos días en la frontera sur para conocer cómo las autoridades estaban manejando los complejos procedimientos de ingreso en medio de una pandemia. Los dos pasamos tiempo con la familia semanas después en la finca de café en lo alto de las montañas de Los Santos, hogar de algunos de los mejores cafés del mundo.

Máximo Palacios en un día de trabajo de recolección de café. Mónica Quesada Cordero / National Geographic Society Covid-19 Emergency Fund / El Colectivo 506

Máximo ha recolectado café por los últimos diez años para el productor de café de cuarta generación Minor Jiménez, toda una vida en el cambiante mundo de la mano de obra migrante. Su familia incluso regresa, año tras año, a la misma casa sencilla en la ladera de la montaña, donde vimos a las hijas reírse por unos libros donados, y al vapor que salía de los frijoles que estaban cocinando para la cena.

Entonces, para cerrar el año, tuvimos que regresar y averiguar. ¿Cómo estaba esa familia? ¿Cómo le ha ido a la industria de la que forman parte desde aquellos tensos días de fines del 2020, cuando a veces parecía que la cosecha más lucrativa de Costa Rica podría perderse al caer de las ramas—todo debido a un virus que, en muchos de las regiones cafeteras del país, parecía tan remoto como una tormenta de nieve?

Contra todo pronóstico

Dado el grado de preocupación que presenciamos de octubre a diciembre del 2020 en las fincas de café en el sur de Costa Rica, es realmente asombroso escuchar el veredicto final de Víctor Vargas sobre la cosecha 2020-2021.

“No tuvimos ninguna afectación por falta de mano de obra”, dice este funcionario del Instituto del Café de Costa Rica (ICAFE). La cosecha fue aproximadamente un 7% menor que el año anterior, dice, pero esto se debió a los huracanes Eta e Iota que afectaron las áreas cafetaleras a fines del 2020, no a causa del COVID-19. La falta de trabajadores que tantos agricultores temían nunca se materializó, gracias a la inusual cooperación que surgió entre agricultores, autoridades panameñas y nicaragüenses, y entidades costarricenses como ICAFE, Migración, y los Ministerios de Salud Pública y Agricultura, entre otras.

Igualmente asombroso, dados los espacios reducidos en los que suelen vivir los trabajadores y las dificultades para lograr el distanciamiento social en los autobuses y en la frontera, es el hecho de que los casos de COVID entre los migrantes fueron mínimos.

Una escena en la frontera con Panamá a finales del 2020, donde trabajadores entregaban sus documentos a los empleadores para que pudieran realizar el trámite migratorio. Mónica Quesada Cordero / National Geographic Society Covid-19 Emergency Fund / El Colectivo 506

“Hicimos 1,126 pruebas PCR, de las cuales solo 22 salieron positivas”; dice sobre los exámenes aplicados en la frontera con Nicaragua. “Se aislaron los casos y se trataron con el Área de Salud, rapidito se atendieron, y los nicaragüenses fueron curados y libres de COVID. No se extendió el COVID a ningún otro lugar. Con indígenas [de Panamá] se presentó…sí tuvimos un brote grande en una finca en Coto Brus. … pero ningún problema grave.”

Él dice que el mayor orden y la coordinación interinstitucional que surgió en torno a la migración del café en 2020-2021 está «aquí para quedarse», y que al 26 de noviembre, más de 7.300 recolectores de café habían ingresado a Costa Rica desde Panamá. Eso ya supera los 6.510 que ingresaron en toda la cosecha anterior.

“Se habla que va a ser un ingreso récord”, dice. “Nunca ha habido tanto indígena regularizado. Los que conocen la historia de Coto Brus… le comentan a uno que hay estadísticas que ha habido hasta 30,000 del lado panameño al lado [de Costa Rica, para una cosecha de café], pero irregulares.”

Explica que hacer que los trabajadores documenten sus entradas desencadena una amplia gama de mejoras, desde el impacto en la salud pública que proviene de poder proporcionar a los migrantes controles de salud y vacunas, hasta los beneficios, tanto para los agricultores como para los trabajadores, que provienen de que los trabajadores documentados puedan acceder a las pólizas de seguros del ICAFE.

Trabajadores salen a primera hora del día a recolectar café en Finca La China (que pertenece a la Compañía Agrícola Río Brus) en Sabalito of Coto Brus. Mónica Quesada Cordero / National Geographic Society Covid-19 Emergency Fund / El Colectivo 506

Víctor explica que también continúan las mejoras en la vivienda de los trabajadores que en el 2020 fueron urgentes, cuando las autoridades debieron verificar que los trabajadores estuvieran distanciados; también tenían que asegurar que se respetaran estrictamente las capacidades máximas de los albergues. Este año, el ICAFE, el Ministerio de Salud y el Ministerio de Agricultura se unieron para solucionar un problema del año pasado. Ahora, un inspector de cualquiera de las tres entidades puede verificar si un refugio cumple con el código y si se están observando los límites de capacidad. Dado que las tres entidades informan escasez de personal para las inspecciones, esto ha expedido las revisiones de las fincas de manera significativa, dice.

“La verdad, fue por la pandemia, y la frontera cerrada. Fue lo que vino a mejorar todo”, dice Victor.

La lucha continúa

Los productores de café de nuestra serie informan de un mar continuo de requisitos. Todos están de acuerdo en que este año, estos son aún más complicados que el año pasado.

“En términos generales la verdad que sí, [vamos] bastante bien, a pesar de estar en pleno problema de la pandemia», informa Marco Cerdas, administrador de Finca La China en Coto Brus. “La verdad que sí nos ha costado mucho por el tema de la pandemia poder traer personal para la recolecta…. ha sido un poco complicado porque hay más protocolos y más cuestiones por cumplir para poder ingresarlos nuevamente al país.”

Marco Cerdas Solís (de gorra azul) conversa con recolectores de Finca La China (que pertenece a Compañía Agrícola Río Brus) en Sabalito of Coto Brus, una tarde de diciembre del 2020. Mónica Quesada Cordero / National Geographic Society Covid-19 Emergency Fund / El Colectivo 506

Sin embargo, dice que las cosechas han ido bien; este año, el 60% de su fuerza laboral panameña ya se ha ido de la finca, sea de regreso a casa o hacia Los Santos o el Valle Central, donde el café madura más tarde que en la frontera.

Para Lucidia Hernández y su esposo, Minor Montero, de Tierra Amiga Tarrazú en Los Santos, el proceso de traer trabajadores Ngöbe-Buglé al país se volvió tan complicado este año que optaron por trabajar con trabajadores nicaragüenses. (Durante nuestro reporteo para la serie original y para este informe, varias fuentes hablaron sobre cómo, por una variedad de razones, a menudo es más fácil comunicarse por adelantado con los trabajadores en Nicaragua antes de que crucen la frontera; varios de los caficultores también dijeron que culturalmente y para la cohesión de la fuerza laboral, prefieren quedarse con trabajadores de una nacionalidad u otra, en lugar de combinar ambas). Minor dice que pudieron recolectar aproximadamente el 95% de su cosecha el año pasado, dejando 5 % de retraso debido a algunos trabajadores que se fueron inesperadamente. La pareja, que vive de su tierra con su pequeña hija Ruth, ha expandido su tour de café a una experiencia agrícola, y esperan un repunte en el turismo en los próximos meses.

Lucidia Hernández Parra y su hija Ruth Montero Hernández en su finca en San Marcos de Tarrazú. Mónica Quesada Cordero / National Geographic Society Covid-19 Emergency Fund / El Colectivo 506

Nelson Mejía, dueño de Finca La Frontera, de cuatro hectáreas en Coto Brus, dice las palabras más fuertes de todos los caficultores. Está furioso por el requisito arrastrado del año pasado de que los trabajadores de Ngöbe-Buglé sean examinados en el pueblo panameño de Bugaba, incluso si eso significa que tienen que volver a cruzar la frontera. Dado que muchos Ngöbe-Buglé no tienen medios de comunicación, y apenas logran juntar el dinero para tomar un bus hacia la frontera, esta complicación adicional ha sido una pesadilla, según Nelson.

Nelson Mejía Mora y su hijo, Eduardo Benjamin Mejía, en su finca en San Antonio de Sabalito. Mónica Quesada Cordero / National Geographic Society Covid-19 Emergency Fund / El Colectivo 506

“Tonteras con T mayúscula,” dice. “Son muy ignorantes los que inventan los protocolos. No saben absolutamente nada de nada… ¿En qué me perjudicó a mí? Estrés. Estrés de traer esa gente y documentarlo, y pedirles papeles. Ellos no están acostumbrados a eso. Muchos no tienen papeles; ellos nacen en la montaña… eso fue un drama, y horrible.”

Añade que, si bien su finca ha seguido funcionando sin problemas, cree que los trámites burocráticos han provocado el riesgo de brotes al obligar a los trabajadores a congregarse en los diferentes puntos del proceso migratorio.

“Si no hubo casos de COVID, fue por gracia del Señor,” dice. “Para hacer todos esos procedimientos hay que hacer pelotas de gente”.

Los eslabones perdidos

Como era de esperar, nuestro regreso al tema del COVID y el café mostró que si bien se han respondido algunas preguntas sin respuesta de enero, se han generado otras nuevas en las fronteras de Costa Rica. Dos funcionarios de inmigración en diferentes extremos de la estructura organizativa están de acuerdo en que si bien la coordinación mejorada que resultó de la crisis de COVID llegó para quedarse, hay un amplio margen de mejora y se han perdido algunas oportunidades.

José Pablo Vindas, oficial de inmigración en la estación fronteriza Costa Rica-Panamá en Río Sereno, dice que el tiempo de espera para los trabajadores indígenas se ha reducido significativamente esta temporada gracias a las continuas mejoras en la coordinación interinstitucional. La subdirectora de Inmigración, Daguer Hernández, explica que esto se debe a que desde la última vez que hablamos con él, Inmigración y el Ministerio de Salud han podido alinear sus registros para que solo tomen la información de los migrantes una vez. Él dice que esto ha reducido los tiempos de entrada promedio de tres a cuatro horas, hasta de 45 minutos a una hora. (Mónica presenció esperas de hasta seis horas en la frontera en 2020).

Una escena afuera de la estación fronteriza de Sereno, Panamá, en el 2020. Muchas personas tuvieron que dormir en la calle o en el parque de Sereno porque tardaron mucho tiempo en la revisión médica de Bugaba y cuando llegaban a la frontera la oficina ya no atendería a más personas. Foto cortesía para El Colectivo 506.
Una escena en la estación fronteriza de San Marcos de Sabalito en la frontera con Panamá, en el 2021. Al igual que en el 2020, muchas personas aún se ven obligadas a dormir en la frontera porque tardaron mucho tiempo en la revisión médica de Bugaba y cuando llegan a la frontera la oficina ya no atiende a más personas. Foto cortesía para El Colectivo 506.

En enero, Daguer tenía la esperanza de que Costa Rica pudiera involucrar a otros países centroamericanos para unirse al sistema de identificación binacional que Costa Rica implementó por primera vez durante la pandemia: tener una tarjeta simple y consistente para que los migrantes la presenten organiza el proceso migratorio y abre un mundo de beneficios. Estos incluyen el seguro de trabajadores del ICAFE que mencionó Víctor Vargas, y las vacunaciones excesivas que a veces ocurren cuando los trabajadores de la salud en la frontera, ante la falta de documentación y las barreras del idioma, no tienen forma de saber si un migrante ha recibido una determinada vacuna. Cuando se publicó nuestra serie de enero, Daguer estaba a semanas de presentar el éxito de Costa Rica en una reunión de autoridades migratorias de Centroamérica.

Sin embargo, cuando se le entrevistó para este artículo, Daguer dijo que este objetivo ha resultado imposible de lograr.

“Ese proceso se presentó pero no se adoptó como una política regional. Es un poco difícil ponernos de acuerdo sobre ese tema,” dice. “En el sentido de los diferentes sellos, tal vez decretos… cada país tiene su propia forma de verlo.”

Ambos hombres tienen lista una lista de mejoras que les gustaría ver en los procesos de Costa Rica.

Entre las prioridades de José Pablo se encuentra un sistema que empoderaría a los trabajadores Ngöbe-Buglé al permitirles saber exactamente adónde van y cuáles serán sus condiciones laborales antes de viajar. Como han mencionado varios agricultores, esto es más común entre los trabajadores nicaragüenses que entre los Ngöbe-Buglé.

“A los trabajadores nunca se les consulta nada. ¡Nunca saben nada!” dice. “Si ud le pregunta a un trabajador a dónde van, cómo se llama el patrón, cuánto le van a pagar por cajuela…” normalmente obtendrá una respuesta negativa, explica Jose Pabl. Incluso las personas que vienen todos los años a la misma granja pueden no saber el apellido de su empleador. “Vienen en un viaje incierto”.

Final de un día de recolección en Finca La China (de la Compañía Agrícola Río Brus) en Sabalito de Coto Brus. Mónica Quesada Cordero / National Geographic Society Covid-19 Emergency Fund / El Colectivo 506

Para Daguer, una posible forma de mejorar las condiciones y la transparencia sería un cambio legislativo para crear un permiso de trabajador migrante. Hoy en día, la residencia, que se maneja por Inmigración, y los permisos de trabajo, que se manejan por el Ministerio de Trabajo, son procesos completamente separados. Él dice que arreglar esto y crear una categoría de inmigración específica para los trabajadores resolvería una serie de problemas, incluida la creciente lista de refugiados del país. Dado que el Ministerio de Trabajo tarda tanto en proporcionar un permiso de trabajo (que requiere un estudio para garantizar que el trabajador migrante no les quite el trabajo a los costarricenses), los trabajadores que ingresan solo piden el estatus de refugiado, dice.

“Al final nuestras sociedades son de libre mercado”, argumenta. “Necesitamos una categoría de permiso de trabajo, y que sea regulado por el mercado, no por el estado… sino, ‘Tengo un patrono que me quiere contratar’”.

Nuestro mayor eslabón perdido, a nivel personal: Máximo. El hermano de su empleador Minor le dijo a El Colectivo 506 que Máximo lo llamó temprano en la temporada para informarle que su familia no viajaría a Costa Rica este año. No explicó por qué, y el hermano de Minor no guardó el número de teléfono desde el que llamó.

Mientras recolectaban café e interactuaban, la familia Palacios nos enseñó algunas cosas: algunas palabras de Ngäbere, algunas ideas sobre vidas que la mayoría de las personas en Centroamérica ni siquiera vislumbra. En su ausencia, nos han enseñado otra lección sobre periodismo y paciencia, empujando un poco más los límites de nuestra comprensión del “periodismo lento”. Cuanto más envejece, más comprende que puede pasar un año en un abrir y cerrar de ojos. Y cuanto más envejece una periodista, más comprende el hecho de que para ver verdaderamente cómo evoluciona una historia, cómo cambia un proceso, cómo un viaje a través de la frontera mejora o empeora una vida, necesita una resistencia que dure mucho más que un año. En esta época de creciente libertad para los periodistas (aunque una libertad que va de la mano con la inseguridad financiera), podemos optar por ejercer tanta paciencia como lo exige la historia.

Es decir: Máximo, aquí estaremos tomando café, con un ojo en la frontera. Esperamos que algún día podamos descubrir cómo le ha tratado el camino.

Esta es la escena de la última vez que vimos a Máximo y su familia en la finca donde trabajaron en Los Santos. Mónica Quesada Cordero / National Geographic Society Covid-19 Emergency Fund / El Colectivo 506
Katherine Stanley Obando
Katherine (Co-Fundadora y Editora) es periodista, editora y autora con 16 años de vivir en Costa Rica. Es también la co-fundadora de JumpStart Costa Rica y Costa Rica Corps, y autora de "Love in Translation." Katherine (Co-Founder and Editor) is a journalist, editor and author living in Costa Rica for the past 16 years. She is also the co-founder of JumpStart Costa Rica and Costa Rica Corps, and author of "Love in Translation."

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