11.1 C
San Jose
domingo, noviembre 27, 2022
IniciofotoperiodismoEn Puriscal: la tierra del olvido

En Puriscal: la tierra del olvido

-

Darle sus medicinas es un reto diario ya que con solo verlas venir, María Isabel se pone de muy mal humor y hasta les saca la lengua en señal de rechazo. Gloria Calderón Bejarano / El Colectivo 506

Doña María Isabel tiene 85 años. O 70. O “ya pasé de los 90”. O simplemente dice, “Uy, yo estoy muy vieja”. La respuesta depende del nivel de lucidez en el momento que se le pregunte. Hace cuatro años el diagnóstico de Alzheimer fue devastador para la familia Rojas, que ya había visto a su patriarca Edgar morir de 90 años, luego de que la misma enfermedad le robara todos los recuerdos de su vida. Desde entonces el deterioro mental de María Isabel ha sido gradual. Pero se está acelerando.

Efectivamente, María Isabel Antillón tiene 85 años. Construyó una vida junto a Edgar Rojas en Puriscal; tuvieron cinco hijos propios y dos de crianza. Don Edgar murió hace ocho años. Cuando él empezó a mostrar signos de demencia y Alzheimer, su hijo mayor, Gustavo, decidió quedarse más y más tiempo en casa de sus papás hasta que finalmente se mudó con ellos. Y cuando María Isabel empezó a mostrar signos del mismo deterioro, Gustavo supo que ya de ahí no se podía ir.

Si bien es cierto que es más común que la labor de cuido de una persona mayor recaiga sobre las mujeres de una familia, en este caso, recayó en Gustavo porque, “Soy el mayor y quien debía resolver. Aparte,” cuenta Gustavo, “como soy el único de mis hermanos que no tiene una familia constituida con esposa e hijos que viven conmigo. Digamos que decidieron que ‘me tocaba’”.

Esto no siempre fue así. Gustavo tiene cuatro hijas y es divorciado dos veces, la última porque tuvo que escoger entre su segunda esposa y el cuido de su padre con demencia senil.

Gustavo era el mayor de los cinco hermanos; todos viven cerca. Dice que uno de ellos, su hermano Edgar, antes le ayudaba con el cuido de María Isabel, pero el COVID-19 se lo llevó en la pandemia.

A la pregunta que leyó en mi mente, Gustavo responde, “¿Por qué no la interno? Porque no me imagino que ella me haya internado a mí en un momento de crisis o de debilidad. Es que no me imagino que anduviera buscando un sitio donde meterme por no poder cuidarme”.

María Isabel en un rinconcito de su casa. Gloria Calderón Bejarano / El Colectivo 506
Al ver esta fotografía cualquier persona podría pensar que se trata de un matrimonio mayor disfrutando un desfile. En realidad se trata de Gustavo, adulto mayor de 65 años, sacando a pasear a su madre María Isabel, de 85 años y víctima del Alzheimer. Gloria Calderón Bejarano / El Colectivo 506
María Isabel es una mujer alegre cuya lucidez varía con las horas del día. Cuando reconoce a Gustavo como su hijo, es sumamente cariñosa y chineadora. Gloria Calderón Bejarano / El Colectivo 506
María Isabel, de 85 años, empezó con síntomas de demencia senil hace cuatro años. Le tocó cuidar a su madre que murió a los 99 años luego de padecer Alzheimer por 20. Luego le tocó cuidar a su esposo Edgar, que también murió con demencia senil. Gloria Calderón Bejarano / El Colectivo 506
Con el paso del tiempo entre sus dedos, María Isabel sostiene la mano de su hijo. Gloria Calderón Bejarano / El Colectivo 506
La hora de la comida es otra lucha pues nunca quiere comer, por más poquito que se le ponga en el plato. Gloria Calderón Bejarano / El Colectivo 506

Gustavo es abogado de profesión y un reconocido actor nacional. Todas las mañanas escuchamos su voz narrando datos históricos en la cadena de radio “Panorama”. Cuando debe ir a San José a trabajar, sabe que no puede dejar sola a María Isabel pues se desubica con facilidad. El peligro de que salga de su casa sin saber quién es, ni a dónde va, es real; y cuando Gustavo le dice que va a salir, la mirada de María Isabel se torna temerosa. Pregunta una y otra vez con quién se va a quedar, pues si bien le falla la memoria, comprende que no puede quedarse sola.

Roxana Meza Chaves vive con ellos desde hace un año. Su trabajo incluye encargarse de las labores domésticas, acompaña a María Isabel cuando Gustavo no está, y aprovecha sus pocos momentos libres para continuar sus estudios de atención de pacientes. Tiene dos hijos, Luis Ángel de 12 años y Angie de 17, que no solo ayudan a acompañar a María Isabel, sino que le han tomado tanto cariño, que ya le dicen Tita.

Una persona como María Isabel requiere tres tiempos completos de cuido, 24 horas al día. Gustavo está muy consciente de que Roxana hace mucho más de lo que se le pide. “Yo no tengo cómo pagarle todo lo que hace por mamá. Y lo hace con cariño”. Por su lado, Roxana tiene sólo agradecimiento para Gustavo por abrirle las puertas de su casa a ella y a sus hijos.

Ya en horas de la tarde, cuando el cerebro tiene menos oxigenación, se pierde con más facilidad; se confunde y se enoja pensando que la van a dejar sola cuando su hijo le dice que tiene que salir a una reunión. Nunca se queda sola gracias a que Gustavo contrató a Roxana, quien vive con sus dos hijos en la casa de la familia Rojas, y que entre todos cuidan de María Isabel. Gloria Calderón Bejarano / El Colectivo 506
El ceño fruncido y el enojo son parte de la hora de la comida. Gloria Calderón Bejarano / El Colectivo 506

Conversar con María Isabel es sumamente interesante porque si uno no está al tanto de su condición, uno pensaría que no padece de una enfermedad tan cruel. Pero después de estar con ella un tiempo, uno empieza a notar que hay algo que no calza. Se tiene la sensación de que hay lagunas enormes que ella llena con recuerdos mezclados con relatos producto de una gran imaginación. Su simpatía y su encanto es envolvente: le encanta contar viejas historias de sus hijos y las travesuras que hacían, lo hermosa que era en su juventud, y lo mucho que le agradece a Dios lo bueno que ha sido con su familia.

“Yo trabajaba con estas manos, con esta cabeza y con este cansancio. Pero le daba todo a mis hijos”, cuenta María Isabel con orgullo. “Todo se lo debo a mi Dios que es lo más grande que yo tengo. Tengo a mi Dios y Él me ama”, dice mientras se persigna una y otra vez, signo de su profunda religiosidad.

El estado de ánimo de María Isabel cambia constantemente. Así como es de simpática para contar sus historias, es de furiosa a la hora que le traen los alimentos. Siempre insiste que ya comió, que no tiene hambre y que no quiere comer más. Igual de desgastante es la hora de darle sus medicinas. Con solo verlas venir le cambia la expresión, se le endurece el ceño, lanza tres insultos al plato lleno de pastillas y les saca la lengua en señal de rechazo.

El carácter fuerte que la caracterizó en su juventud traspasa la barrera de su enfermedad y su furia se manifiesta también cuando piensa que sus pertenencias están siendo robadas. Constantemente está atenta a proteger sus alhajas y sus carteras, las esconde y a veces lo hace tan bien que nadie puede encontrarlas. Hoy son sus anillos. Tienen tres días buscándolos e insiste que se los robaron; por dicha no hubo que ir a San José a buscarlos, como ha insistido en el pasado, porque aparecieron escondidos debajo de un marco de fotos.

Su lugar favorito es el sillón al fondo del corredor donde se sienta a ver el mar de árboles que rodea su casa en Puriscal. A su lado está el sofá donde su cuidador en turno le acompaña, normalmente es Gustavo quien se recuesta mientras su mamá le acaricia el pelo como quien chinea a un recién nacido. Es común encontrarlos cantando: curiosamente la música y la letra de las canciones no se pierden en el olvido, y cobran vida toda vez que las entonan. Con ojos cansados y expresión angustiada, Gustavo escucha los cuentos de su madre quien suele confundirlo con sus otros hermanos o con su padre. Mientras ella canta y conversa sin parar, él saca su celular y trata de avanzar con cosas del trabajo. Con habilidad circense hace malabares para cumplir con todo lo que su vida le exige y más.

María Isabel es una mujer feliz que sólo tiene amor, a pesar de todo. Gloria Calderón Bejarano / El Colectivo 506
La mirada triste y angustiada de Gustavo trata de esconder la preocupación de no poder cumplir con todo lo que implica el cuidado de su madre mientras su condición se deteriora más y más. Gloria Calderón Bejarano / El Colectivo 506

Le pregunto por su mayor miedo. “Que me vuelva loco; que no tenga la capacidad para darle el acompañamiento necesario”. Dice que la sola idea de no resistir la carga y tener que transitar casi sin ayuda el empedrado camino que tiene por delante lo está matando de angustia. La carga simplemente es demasiado pesada para una sola persona. El precio no solo es alto económicamente, sino que también se cobra en la salud mental de Gustavo.

“No encuentro salida”, se lamenta mientras inconscientemente rasca sus manos y sus dedos, en carne viva, muestran el nivel de ansiedad y desesperación.

Gustavo sabe lo que le espera y tiene miedo, terror; el Alzheimer es inclemente y no tiene cura. Poco a poco María Isabel seguirá desapareciendo y en su lugar quedará solo un cascarón vacío y asustado. Ya Gustavo vivió el mismo calvario cuando su padre enfermó. Hoy, solo quiere darle a su mamá calidad de vida y que pueda sentir amor incondicional hasta su último día. Conoce el precio de su decisión. Aún así, asume con determinación, amor y orgullo su elección.

Con voz cansada Gustavo recuerda, “Cuando mi papá murió, todos lloraban. No voy a decir que yo no lloraba. Pero no lloraba de remordimiento.

“Llegará un momento donde habrá una sensación de libertad, y al mismo tiempo ese vacío cabrón que te obliga a decir: ¿y ahora qué?”

Aunque no sabe qué le traerá el futuro exactamente, está seguro de dos cosas: al ser el Alzheimer una enfermedad con gran componente genético, las posibilidades de sufrir la enfermedad son enormes. Por otro lado, ya sabe que cuando su madre ya no esté, se va a desligar del mundo por completo.

Lo tiene todo planeado. Adquirió un pequeño camper que apenas tiene espacio para un colchón y unos estantes donde guardar lo esencial para su supervivencia. Con paciencia e ilusión ha ido arreglando la pequeña casa rodante que pegará un día a su carro. Sin destino fijo, recorrerá las playas y montañas de nuestro país para finalmente vivir en absoluta libertad, lejos de la tierra del olvido.

María Isabel es hábil para desaparecer las pastillas que debe tomar y Gustavo debe asegurarse que se las tome. Gloria Calderón Bejarano / El Colectivo 506
En su pequeño camper, por ahora Gustavo sólo puede soñar con escapar de la tierra del olvido. Gloria Calderón Bejarano / El Colectivo 506

Nuestra edición de octubre 2022, “Las Titas”, explora las realidades del cuido de parte de adultos mayores en Costa Rica: cómo realizan sus labores, cuáles retos enfrentan, y quién está trabajando para apoyarlos. Con el apoyo de la Fundación Yamuni Tabush, hemos también contratado a cinco fotoperiodistas, todas mujeres y madres costarricenses, que se han desplegado por todo el país para capturar un día en la vida de personas adultas mayores que son cuidadoras y cuidadores. Gloria Calderón Bejarano es una de las cinco fotoperiodistas. Explore la edición aquí.

Gloria Calderón Bejarano
Gloria Calderón Bejarano
Gloria Calderón Bejarano es una fotoperiodista costarricense, graduada de Boston University, Massachusetts. Fue reconocida como Fotógrafa del Año del periódico La Nación en el año 2000. Sus trabajos han sido expuestos y premiados en más de 30 exposiciones individuales y colectivas en Costa Rica, México, Colombia, Estados Unidos y Europa, y es la autora de los libros “Costa Rica Pura Vida,” “SazonArte”, y “La Negrita”. // Gloria Calderón Bejarano is a Costa Rican photojournalist and graduate of Boston University. She was recognized as Photographer of the Year for her work at La Nación in 2000. Her work has been exhibited and commended at more than 30 individual and collective exhibitions in Costa Rica, Mexico, Colombia, the United States and Europe, and she is the author of the books “Costa Rica Pura Vida,” “SazonArte,” and “La Negrita.”

1 COMENTARIO

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí